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Cansado de no ser reconocido, se pasa horas sentado al piano. Cuando piensa en Elvis, su ira aumenta, entonces los golpes en las teclas son brutales. Dos, tres, cuatro notas, disonancias y enfermizas melodías le son arrebatadas a ese pobre piano que sufre los embates de un muchachito furioso que quiere ser más famoso que Elvis Presley. Pero no. Ni en las discográficas lo reconocen. Las chicas en la calle no gritan cuando lo ven pasar. Ni siquiera ha grabado un sólo disco el infeliz. Cuando toca se aturde. Cada vez que piensa en la fama, por poco se muere. Asfixiado de angustia, empieza a darle al piano con una fuerza tal que parece que las teclas se van a saltar en cualquier momento. Jamás será Elvis. Entonces le sigue dando más fuerte. Una nota detrás de la otra, el sonido de la anterior se fusiona con la entrante, componiendo un rock inédito en la historia de la música.
El piano: sufriendo. Su frente: sudada. El joven, con cada uno de los violentos manotazos sobre el teclado, está empezando a inventarse a sí mismo. La leyenda se escribe sola. Pronto, aunque aún lo ignora, las canciones le darán nacimiento a Jerry Lee Lewis.
Ernesto Simón, Argentina.