De chico, a los trece, ya lo perseguía la desgracia. A los quince lo alcanzó. La veía en todas partes. Lo asfixiaba. Hubo días en que verdaderamente le arruinaba todo. Como si un solo momento de calamidad dañara su vida para siempre, para lo que restaba. Empezó a verla como a un ser vivo. Como a un monstruo de cinco cabezas que lo perseguía encarnizado. La desgracia es un polizón, un sabueso que se ha enviciado con mi olor y no me deja ni a sol ni a sombra, solía pensar. Era así. Lo tenía agarrado. Le mordía los talones. Lo amarraba del pantalón y lo tiraba al piso. Como si quedara algo más para hacerlo descender, ya en el suelo, buscaba hundirlo para sepultarlo en el inframundo. Un día que amaneció acostado en un banco de la plaza, se dio cuenta que era un hombre libre. Tenía cincuenta y cinco años. La desgracia, aburrida de humillarlo, se había ido cansada de tener un contrincante tan infeliz que ni siquiera le presentaba batalla.
25.01.07
Desgracia
De chico, a los trece, ya lo perseguía la desgracia. A los quince lo alcanzó. La veía en todas partes. Lo asfixiaba. Hubo días en que verdaderamente le arruinaba todo. Como si un solo momento de calamidad dañara su vida para siempre, para lo que restaba.
Empezó a verla como a un ser vivo. Como a un monstruo de cinco cabezas que lo perseguía encarnizado. La desgracia es un polizón, un sabueso que se ha enviciado con mi olor y no me deja ni a sol ni a sombra, solía pensar. Era así. Lo tenía agarrado. Le mordía los talones. Lo amarraba del pantalón y lo tiraba al piso. Como si quedara algo más para hacerlo descender, ya en el suelo, buscaba hundirlo para sepultarlo en el inframundo.
Un día que amaneció acostado en un banco de la plaza, se dio cuenta que era un hombre libre. Tenía cincuenta y cinco años. La desgracia, aburrida de humillarlo, se había ido cansada de tener un contrincante tan infeliz que ni siquiera le presentaba batalla.
Ernesto Simón, San Juan, Argentina.
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